EN BUSCA DE LAS TUMBAS PERDIDAS DEL PUEBLO PERUANO DE LAS NUBES
RECTANGULAR COMO UNA CAJA DE ZAPATOS, la tumba de barro y piedra no podría ser más austera. Unos cuantos palos le sirven de techumbre y una abertura cuadrada aparece en uno de sus costados. Desde cierta distancia, lo más interesante de esta cripta centenaria es el lugar que ocupa: una saliente ubicada a dos terceras partes de la altura de un barranco de 300 metros, en el bosque nuboso peruano.
Ahora, vista desde el extremo de una delgada cuerda de alpinismo de tres centímetros de grosor, y luego de un viaje de cuatro días entre densos bosques y rocosos pasajes montañosos, la tumba aparece tentadoramente cercana. Justo en la abertura, los rayos del sol iluminan un par de bultos que semejan canastas. Al parecer son ataúdes; y están intactos.
Este mausoleo, o chullpa, es uno de los pocos intactos que he visto en 20 años de estudiar a los chachapoyas, antigua cultura que construyó miles de tumbas en las laderas orientales de los Andes.
A pesar de ser emocionante contemplar esta vista, no deja de ser frustrante. Nuestro equipo no tiene autorización del gobierno peruano para poner un solo pie en la tumba o tocar objeto alguno. Por ello colgamos de sogas, vislumbrando por momentos cuanto hay en su interior. Entre las sombras, más objetos se hacen visibles: grandes lanzas de madera de armas chachapoyas yacen en un rincón; un objeto verdoso en forma de estrella parece ser la cabeza de una maza; quizás ésta sea la tumba de un guerrero.
De hecho, uno de los pocos rasgos de los chachapoyas que la historia nos cuenta en su reputación de guerreros feroces. Esta tumba aparentemente intacta podría ayudar en mucho a llenar ciertas lagunas históricas.
Este misterioso pueblo, cuyos orígenes se remontan al 800 d.C. más de 600 años antes de la expansión del Imperio Inca, fue ocupado lentamente unos 30 mil kilómetros cuadrados de tupido bosque entre los ríos Huallaga y Marañón. Quizás fueron los incas quienes les dieron el nombre chachapoya, que significa “pueblo de las nubes”.
Los chachapoyas construyeron cientos de asentamientos en cimas y salientes montañosas; de éstos, en algunos pueden verse apenas 20 de sus características estructuras circulares de piedra, y en otros, más de 400. Las ruinas chachapoyas son tan abundantes en la espesura del bosque y las escarpadas.
Colinas que al entrar en esa región no es extraño toparse con alguna estructura que ese pueblo haya construido. El más conocido de los sitios chachapoyas, Cuelap, ubicado a gran altura sobre el río Utcubamba, es uno de los asentamientos prehistóriscos más sorprendentes de Suramérica.
En este punto, conocido como “ceja de selva”, la precipitación pluvial anual llega a ser de hasta cuatro mil milímetros. Para proteger los restos de sus respetados muertos, los chachapoyas escogieron lugares donde éstos quedaran a salvo del agua estancada en muchos de los barrancos que se levantan del suelo boscoso. En el microclima seco al pie de las salientes rocosas construyeron plataformas de madera o piedra; también depositaron momias en las cuevas naturales. Se han hallado momias encerradas en una cubierta de barro, piedras y hierba semejante al yeso y decorada con rostros pintados. Por fortuna para nosotros, gracias a esa reverencia a los muertos se ha conservado una parte del pasado chachapoya, de otra forma habría perecido hace tiempo.
LOS CHACHAPOYAS SEPULTABAN a sus ciudadanos de las clases inferiores en tumbas comunes y con una ceremonia sencilla; pero los ocupantes de las cámaras funerarias en peñascos fueron amortajados con sumo cuidado con varias capas de telas de lana y algodón. También se les rodeó de objetos usados en la vida cotidiana, como piezas de cerámica y armas.
Dado que los chachapoyas no dejaron registros escritos, los investigadores han atesorado por mucho tiempo sus objetos funerarios. Sin embargo, existe un problema. Los saqueadores de tumbas también los codician y no pocas veces son los primeros en llegar a los sitios sepulcrales, antes que los arqueólogos.
Los chachapoyas desarrollaron una cultura con relativa rapidez y construyeron enormes asentamientos y fortalezas, al parecer para defenderse los unos de los otros, pues casi no existen vestigios de culturas rivales igualmente tempranas en esa región.
Aproximadamente en 1470, los chachapoyas fueron aplastados por la llegada de los incas a esa zona. Debido a esa subyugación, muchos residentes de los asentamientos chachapoyas se trasladaron a otras áreas. Los ritos funerarios tradicionales de los chachapoyas, entre ellos la construcción de las tumbas, persistieron por un tiempo. Pero al haberse apropiado los conquistadores incas de algunas tumbas para su propio uso, muchas de éstas contienen objetos de esa cultura, además de las artesanías chachapoyas tradicionales.
EN ABRIL DE 1997, la comunidad arqueológica peruana quedó consternada con las noticias referentes al área que rodea la laguna de los Cóndores. En un peñasco de 120 metros sobre el lago, los saqueadores habían encontrado y ultrajado cinco chullpas. Habían a fragmentos muchos de los más de 200 fardos que contenían momias. Con todo, entre los restos los arqueólogos han encontrado más de mil objetos funerarios, y el gobierno les concedió el permiso de realizar un inventario de emergencia. La dificultad que entraña proteger el sitio y el temor de los investigadores de que las momias se deterioraran aún más motivaron que el contenido de las tumbas fuera llevado al pueblo más cercano, Leymebamba, donde serían exhibidos en un nuevo museo.
La tragedia ocurrida en la laguna de los Cóndores despertó en todos un profundo interés por la cultura chachapoya. En 1998 el Instituto Nacional de Cultura de Perú autorizó la realización de un estudió fotográfico de los sitios funerarios del valle del río Huabayacu, al sureste de la laguna de los Cóndores. Tristemente, nuestra expedición registró tumba saqueada tras tumba saqueada hasta contar 54. Sólo después ubicaría yo un prometedor punto en la misma parte de las estribaciones orientales de los Andes. A unos 200 metros de altura de un abrupto barranco la entrada a una chullpa que semeja una cabaña dejó entrever un fardo mortuorio intacto. Las paredes emplastadas de la cámara funeraria trazadas contra el peñasco rocoso motivaron rápidamente que ésta recibiera por nombre la Casa Blanca.
Al igual que la mayoría de las tumbas chachapoyas en los peñascos, ésta había sido construida bajo una enorme saliente.
Un equipo de NATINAL GEOGRAPHIC-compuesto por el fotógrafo Gordon Wiltsie, el camarógrafo John Catto y yo-emprendió el camino hacia el sitio. Luego, tres funcionarios locales se nos unirían para constatar el estado de la tumba y que el trato que diéramos al sitio fuera adecuado.
En el aeropuerto de Cajamarca el equipo abordó una camioneta y, asidos fuertemente, dejamos que el conductor nos llevara a las montañas. El tradicional recorrido fue por caminos peruanos sin pavimento, en medio de sacudidas, hasta que alcanzó la orilla de un valle vasto y profundo.
El conductor piso acelerador (apenas un poco) y las siguientes horas pasaron en medio de un lento ir y venir por un zigzagueante camino de terracería. Para cuando la camioneta hubo tocado fondo, habíamos descendido 2,300 metros al interior del cañón Marañón.
El conductor pisó el acelerador de nueva cuenta, pero esta vez hasta el fondo, y se dirigió por una ladera al otro lado, ascendiendo, para recorrer 3,300 metros en zigzagueante vertical.
Ir por la distancia más corta entre ambos puntos (es decir, en línea recta) habría significado recorrer 90 kilómetros en una jornada de 12 horas. No lejos del pueblo de Bolívar pasamos la noche con la familia Siccha, viejos amigos propietarios de una granja.
A partir de aquí todo sería cabalgar. En las primeras horas del día siguiente, acompañado por siete jinetes de la granja de los Siccha, nuestro grupo ascendió trabajosamente 300 metros rumbo a la jalca, la zona de pastizales que cubre las laderas superiores de los Andes en el norte de Perú. Densa niebla ocultaba el antiguo camino, casi invisible a ojos de los forasteros pero casi tan conocido para los jinetes como la palma de su mano.
Su guía era fundamental. En ocasiones la niebla era tan espesa que la visibilidad se reducía a dos o tres metros. El sofocante aire devoraba el sonido que producía el trote de nuestras bestias y amortiguaba la suave fricción de la hierba alta contra sus patas. El equipo cabalgó hasta que cayó la noche, luego instaló el campamento.
AL TERCR DIA EL AMANECR fue espléndido. El camino aparecía claro, pero los pastizales quedaban aún a algunos kilómetros más. Descendíamos cuando se mostró frente a nosotros el bosque nuboso mientras el sonido de los machetes de los jinetes salía de entre los árboles. El camino seguía allí, insistían; sólo que la hierba había crecido demasiado.
Densas enredaderas nos golpeaban el rostro; las ramas recién cortadas nos rasgaban las ropas. Pronto desistimos de intentar ahuyentar a los insectos que zumbaban sin cesar sobre nuestros empapados de sudor.
De pronto me vi dando traspiés, con la vista puesta en la grupa de un caballo de andar pesado que luego ya no estaba, simplemente había desaparecido en medio del tupido ramaje a la derecha. Un instante después, el desagradable sonido de un cuerpo que se desploma pesadamente, un estruendo de cascos, un relincho de terror.
Nadie había advertido que el relieve cambiaba en ese lado del camino. La vegetación lo ocultaba. El caballo estaba allí, en el fondo, mirando arriba a más de 30 metros de profundidad, confundido y milagrosamente ileso.
Ninguno de los jinetes se mostró desconcertado; descendieron por el terraplén y comenzaron a descargar al potro d nuestro equipo y subirlo con cuerdas. Luego guiaron al animal de nuevo cuesta arriba por la empinada ladera.
Para cuando hubieron terminado de cargar nuevamente al animal había transcurrido una hora. Entonces volvimos andar; hasta que desapareció el siguiente caballo; y el siguiente. En cuatro ocasiones dieron volteretas los corceles; en todas, las criaturas, de increíble resistencia, volvieron a trajinar por el camino en una hora.
Pernoctamos en una cabaña de troncos construida entre las ruinas incas que se extienden paralelas al río Yonan. Al siguiente día recorríamos el último trecho que habría de llevarnos al campamento base, cerca de la chullpa.
AMBOS LADOS del camino, rastros de los asentamientos prehispánicos se asomaban entre el bosque tropical. Una terraza rocosa, una pared baja, un edificio en ruinas. Más próximos que otros a la civilización moderna, casi todos los asentamientos chachapoyas han sido objeto de un saqueo inmisericorde. Los granjeros usan la piedra de los edificios para erigir muros; crían animales y cosechan en las terrazas, claros que alguna vez fueron campos chachapoyas o incas.
Durante muchos años los arqueólogos han dado por sentado que no había registro sobre moradores humanos en esta región tan escabrosa, tan lluviosa, tan remota. Pero cada paso que se deba al interior del bosque permitía comprobar que sus suposiciones eran falsas.
Un estrecho puente debajo de troncos tendido sobre las aguas de un tributario del río Huabayacu hizo al fin que los caballos se detuvieran. Este punto habría de convertirse en el campamento base, nuestro grupo quedaba abandonado a sus propias fuerzas, encargado de llevar las sogas, las provisiones de comida, las cámaras y el agua.
El peñasco quedaba aún a dos horas de caminata. A primera vista podía verse por un claro del bosque. Y allí estaba la Casa Blanca, a dos terceras partes de la altura del frente del peñasco. La vista permitiría confirmar la audacia cabal de quienes construyeron la tumba en el cielo. No se sabe a ciencia cierta con qué métodos fueron hechas las chullpas. En algunos casos, existe la posibilidad de que los materiales hayan sido transportados por estrechas salientes naturales, que los constructores destruyeron luego a cinceladas cuando hubieron terminado su obra. Pero muchas de las chullpas se construyeron con unos materiales provenientes de puntos a mayor altura, que era el método que pondríamos en juego para llegar hasta la tumba.
A través de los binoculares quedaba claro que el fardo mortuorio se hallaba en un lugar exacto donde yo lo había visto antes. Aunque no había huellas de que el sitio hubiera sido saqueado en fechas recientes, permanecía la pregunta: ¿había llegado alguien hasta allí en los siglos pasados?
Abriríamos un camino a golpes de machete a la derecha y por un declive a un lado del frente del peñasco. Del bosque que coronaba éste abriríamos otro camino hacia el filo del borde del voladizo y, de allí, dejaríamos cae largas sogas para descender hasta chullpa.
El fatigoso ascenso a pie por la peña que la vegetación asfixiaba tomó varias horas. Cada paso exigía un machetazo certero y vigoroso. La saliente ponía fuera de vista la Casa Blanca, por lo que con cierta frecuencia los jinetes que habían quedado muy por debajo de nosotros daban gritos y gesticulaban indicando un punto sobre la chullpa.
“¡Alto!”, se oyó un grito. Gordon y John ataron las sogas a los troncos de firmes árboles y fueron avanzando por un escarpado declive hacia la saliente. Debían tener cuidado. Un cálculo poco certero habría significado cortar de tajo la soga y sólo podrían ver brevemente la chullpa, pero en caída libre.
Finalmente, en el borde, John s sujetó con firmeza de su soga y desapareció. Venía mi turno. Hasta ese momento, mi experiencia en la práctica del rapel se reducía a la de dos noches antes, cuando John y Gordon me habían instruido en una piedra de tres metros de altura. Pero esta no era la roca; 200 metros abajo se extendía una alfombra de verde bosque nuboso.
De cerca de 45 metros bajo el borde surgió la voz de John: “Parece que está intacta”.
Así pues, tres extranjeros se hallaron colgando de sogas en el umbral de la Antigüedad. Allí, cerca, estaba el rústico techo: tres gruesos troncos a través de l parte superior, que ayudaban a proteger el contenido depositado en el interior de los rayos del Sol y la lluvia; la estructura, hecha claramente de caliza y lodo, medía aproximadamente 4.5 metros de longitud, 2 de ancho y 1.5 de altura. Arcilla blanca cubría el exterior y en su superficie podían advertirse aún los borrosos restos de gruesas franjas rojas.
En la superficie de roca detrás de la chullpa se destacaban círculos rojos pintados, que quizás representaban los ojos de los ancestros, vigilantes de sus descendientes.
El marco de madera de la entrada estaba quemado. En alguna época de seca, los árboles de abajo y la vegetación que cubría la ladera del peñasco habían sido consumidos por un incendio forestal. ¿Habían alcanzado esas llamas el interior de la chullpa? Cinco ataúdes chachapoyas en perfecto estado yacían sobre el suelo, rodeados de una alfombra de 30 centímetros de hojas muertas. No eran estos ataúdes como los que conocemos hoy día: eran cónicos, hechos de largos palos atados con una soga gruesa. Tal vez, dentro de cada uno, envuelto en lienzos, en posición fetal eterna, había un cuerpo momificado.
Nos detuvimos fuera de la chullpa, mientras nuestros ojos devoraban el interior. Pasamos horas sobre la estrecha saliente, preguntándonos qué habría debajo de aquella alfombra de hojas, acaso cerámica y objetos domésticos. Desde nuestro lugar ventajoso nada parecía indicar que los incas hubieran ocupado la tumba, como hicieron con tantas otras. Este podría ser un hallazgo raro de verdad.
Aun cuando se aproximaba la temporada de lluvias y viajar por la región se haría más difícil, hicimos cuanto pudimos por proteger la tumba de los saqueadores. Tratamos de convencer a los funcionarios y a los campesinos de la región sobre la importancia de vigilar el sitio. Planeamos regresar con funcionarios del Instituto Nacional de Cultura para descender por el peñasco otra vez, realizar un inventario de los objetos y tomar medidas para protegerlos sin mover a los muertos de los lugares que habían ocupado por siglos.
Para cerciorarnos de que la Casa Blanca permaneciera intacta trabajaremos para instalar cercas en la tumba con el instituto, el cual espera conseguir que toda la región-1,400 kilómetros cuadrados-sea declarada reserva arqueológica. A la larga, si todo resulta, la Casa Blanca permanecerá tal como sus creadores la dejaron: solitaria en un peñasco, abierta a la eternidad.
NATIONAL GEOGRAPHIC, Setiembre 2000 |